La adicción es una enfermedad gradual y crónica que no solo afecta a quien la padece. Esta enfermedad también hace estragos en familiares y allegados. Es por ello que cuanto antes se actúe, menores serán las consecuencias de la misma, tanto a nivel personal como familiar. Con el fin de atajarla cuanto antes vamos a ver 7 formas de identificar a un adicto en la familia y cómo actuar frente a esta situación.

Al principio, la adicción puede pasar desapercibida. Llega poco a poco y se va instalando en nuestras vidas. A veces la vemos venir, otras cuando ya está en el salón de nuestra casa y otras cuando ya no nos deja ni respirar. Primero aparece en la persona que la padece y gradualmente en las personas con las que convive alterando su funcionamiento normal, destruyendo las costumbres, la forma en que se comunican y toda dinámica habitual de relacionarse.

A medida que se va instalando y cuanto más tiempo pasa, mayor es el daño, más perduran las secuelas y más personas del entorno se ven afectadas.

Estos cambios no siempre son perceptibles a simple vista, otras simplemente se normalizan y pasan a ser parte de la nueva dinámica familiar. En otro gran número de casos los familiares, por cansancio o miedo a crear situaciones incómodas o molestas, aceptan estas nuevas dinámicas sin poder hacer nada por evitarlas.

A continuación, vamos a ver algunos de los cambios más comunes que aparecen en la familia a raíz del desarrollo de esta enfermedad y cómo actuar frente a ellos.

  • Pérdida de autoridad. La persona que padece la enfermedad ya no tiene credibilidad. Deja de ser un referente en la toma de decisiones y su opinión no es respetada, aunque a veces sea la que se imponga.
  • Confusión de roles. Una persona adicta en consumo activo difícilmente puede asumir las responsabilidades que le corresponden dentro del sistema familiar. Esto conlleva que sean otros los que tengan que satisfacer dichas responsabilidades. No es raro ver en estas dinámicas familiares a hijos/as pagando las facturas que le corresponden a sus padres o encargándose de la educación de sus hermanos, por ejemplo.
  • Déficit en la comunicación. Cuando una persona padece esta enfermedad suele vivir una realidad distorsionada, así como desarrollar poca tolerancia a la frustración y tendencia a la manipulación. Ante estos cambios, tanto a familiares como a pacientes les resulta difícil mantener un flujo de comunicación normal. Esto los lleva a aislarse, hecho que puede acrecentar el consumo y sus consecuencias.
  • La familia deja de hacer aquello que le gusta y aquello que le hace bien. La persona adicta se convierte en el centro de la relación familiar. Los familiares dejan de seguir sus rutinas y costumbres para evitar situaciones problemáticas. Situaciones como dejar de ir a eventos y reuniones con el resto de la familia por miedo a lo que pueda suceder. No realizar actividades juntos porque siempre acaban mal, etc.
  • Sentimientos negativos. Todos estos cambios provocan de forma irremediable sentimientos de angustia, ira, miedo, incapacidad culpa, vergüenza… Estos sentimientos van haciendo mella en nuestras fuerzas, en nuestra autoestima y en nuestra forma de relacionarnos con el resto del mundo, pudiendo incluso acabar desarrollándose en forma de depresión.
  • Minimización del problema. En el peor de los casos la familia acepta que esa situación es irremediable y la normaliza. Otras en cambio tratan de convencerse de que el problema puede solucionarse tan solo con que el paciente desarrolle fuerza de voluntad, pidiéndole que se recupere por ellos o haciéndole cargo de las consecuencias negativas.
  • Nos convertimos en Sheriffs. Pensar que controlando cada movimiento de nuestro familiar afectado por la adicción va a evitar que esta conducta desaparezca es un error. Esta actitud no solo garantiza que no se consuma, sino que además acrecenta la falta de confianza, de comunicación, genera distancia y ansiedad en ambas partes, facilitando de esta forma que la enfermedad se desarrolle aún más.

Para evitar que estos cambios se hagan crónicos es preciso actuar lo antes posible acudiendo a un especialista. La clínica Instituto Noa es un centro de ingreso y tratamiento ambulatorio en el cual contamos con un equipo terapéutico liderado por Pedro García Aguado y formado por psicólogas expertas en adicciones, psiquiatras, médicos, enfermeras, educadores y trabajadores sociales, así como adictos recuperados para poder ofrecerte a ti y tu familia un enfoque y tratamiento completo para lograr una pronta recuperación.

Aunque normalmente son las familias quienes antes detectan todos estos cambios en la vida del adicto, puede darse que la propia sintomatología de la enfermedad les afecte no permitiéndoles actuar adecuadamente e incluso acrecentando el problema.

El malestar generado por la adicción, la extenuación provocada por años de lucha, la montaña rusa de emociones en la que nos vemos inmersos, así como el estigma social y el miedo al qué dirán puede provocar que nos volvamos incapaces de pedir ayuda, o que incluso la rechacemos.

Por todo esto, desde Instituto Noa te recomendamos que actúes cuanto antes. Si tienes un familiar con problemas de adicción, o si tú mismo sufres esta enfermedad y no sabes qué hacer para superarla, no dudes y actúa ya. No dejes que la adicción te gane la batalla.

Adrián Hahn
Educador social